
Villa Severa plasma un territorio emocional femenino que surge a finales del siglo XIX. En aquel contexto socioeconómico se creó el concepto de familia que hemos heredado y que continúa su evolución.
El hogar y la educación de los hijos, y especialmente de las hijas, ha sido y continúa siendo el espacio de poder de la madre. Todas hemos recibido una educación y hemos crecido mientras nuestras progenitoras iban poniendo bridas a nuestra inocencia. Esas bridas son lo que cada hogar y generación ha entendido como corrección: unas veces eran emociones cristalizadas o una severidad inaccesible, otras carencias o excesos, relatos o silencios, miradas de reproche o indiferencia… pero siempre con un denominador común: infancias y juventudes con una imprecisa y sutil Incomodidad en la que se ha percibido la falta o la ausencia de algo. Es la mirada de una madre que educa y acompaña al mundo adulto. La conciencia de esas huellas físicas y emocionales que dejan y la posterior emancipación de esos lazos materno filiales pueden llevar toda una vida.
En este proyecto se retrata ese espacio doméstico en el que la niña aprende de modo inconsciente y ese tiempo que va dejando huellas casi imperceptibles en el momento y marcas para el resto de sus vidas.
Los primeros pasos, bajo el título de Punto en boca, representaron a la Escuela Blackkamera en la edición de MAPS 2025 de Getxophoto y quedó finalista. En octubre fue presentado en el marco del Basquedokfestival 2025 .
Algunas de las imágenes forman parte de LATITUD 26, en la Escuela Lens tras un año de mucho trabajo y ayuda de Rafa Trapiello, Federico Clavarino y todos los compañeros de clase. Ahora continúa su evolución en una maqueta en construcción: