SEÑORA YO-YÓ

Foto: Marian Calvo

Como muchas otras viudas, Anamari decidió sacar dinero extra alquilando una habitación vacía a un estudiante extranjero y así llegó aquel joven a su vida. 

Desde el primer momento, su relación fue desigual, mientras Anamari no le hacía ni caso e ignoraba su presencia en la casa, el estudiante la miraba con ojos de devoto, parecía sentir adoración por ella y la seguía a todas partes. Hasta tal punto llegó su arrobo que le pidió poder grabar con fines lingüísticos todas las conversaciones que tenía con amigas, vecinas o familia. Anamari no pudo negarse ya que, al mismo tiempo, el estudiante le proponía pagarle todos los desayunos y las cenas del curso. El contrato dejaba muy claro que esas grabaciones estaban realizadas con fines  científicos y que su nombre nunca aparecería en público.

El curso pasó deprisa y no llegaron a despedirse ya que el joven se fue a primerísima hora con sus cajas llenas de grabaciones y sus cuadernos plagados de apuntes. Anamari decidió no volver a alquilar habitaciones.

El estudiante llegó a su país sabiendo que portaba un tesoro. Aquel verano se encerró para escribir su tesis Señora Yo-yó que le reportaría fama y prestigio de por vida. Demostraba que un elemento de la comunicación puede devorar a los demás y lo planteaba poéticamente diciendo que Emisora solo lanza su yo-yó comunicativo para que le llegue a ella de nuevo porque a ella solo le importa escuchar lo que dice ella misma de sí misma ya que es la auténtica Receptora y no quien tiene enfrente. 

El canal es también ella ya que, en última instancia, su boca emite un sonido que tiene que llegar a sus propios oídos. 

El código es exclusivo de ella ya que no hay ningún referente que no sea biográfico, no existen los abstractos si no son los concretos de su vida. 

El contexto es su vida y, en resumen, su comunicación se extiende y se recoge con la rítmica cadencia de un solitario yo-yó.

El cabreo que se hubiera pillado Anamari de haberla leído. 

hautatzen-josune-rey