
El día que yo nací, mi madre parió dos gemelos: yo y mi miedo
Thomas Hobbes
La trilliza Consuelito sabía pasar desapercibida. Sus hermanos Tomás y Valentín parapetaban a esa niña con los bolsillos llenos de golosinas de pelo rubio, gafas de pasta, un poco torpe y con sonrisa perpetua. Pudo surcar la infancia con comodidad y llegar a poder decidir cómo ganarse la vida rodeada de buenas amigas y contando con el cariño de sus padres y el apoyo de todas y cada una de sus maestras curso tras curso.
La vida es larga, se dijo a sí misma, y debo elegir bien mi camino.
En honor a toda su trayectoria, su primera idea fue dedicarse a la pastelería, repostería y dulces en general. Es sabido que el mejor recurso conocido para limar asperezas o salir de cualquier problema o discusión es poner la sonrisa cerrada, los ojos redondos y extender la mano con un caramelo en la palma: ‘¿quieres?’ Si el problema aumenta, también aumenta el dulce hasta la caja de bombones. No hay duda de que ahí el sustento está garantizado porque conflictos no faltan ni faltarán nunca.
Pensando y pensando en el tema, pasó al chocolate con churros, al café con bollo, a la merienda y al aperitivo. Su mente navegaba por el placer de los pinchos de tortilla, las frescas cervezas con gaseosa, las aceitunas y las patatas fritas. Recordó que no hay nada más eficaz para los silencios incómodos que la pregunta ‘¿tomamos algo?’ con cara de hambre, sed o pis. Ya se imaginó su cafetería de ensueño y a ella dirigiendo esa bella orquesta de bandejas meciéndose entre las mesas.
No supo cómo, seguramente por la sensación de orden, limpieza y armonía, pensó en la felicidad que le reportaría tener una farmacia. Eso daría un sentido completo a su vida. Remedios, calmantes, reparadores, analgésicos. Bellas cajas con bellas grageas y ella, con una brillante bata blanca, preguntando como un hada: ‘¿qué necesita?’ Se imaginó repartiendo paz, descanso y salud.
Salud. Paz. Descanso. Los lemas de su casa rural con spa. Ya se sintió allí con su vestido túnica, flotando en la verdad de la naturaleza, en el suave murmullo de la fuentecita de recepción donde con cara acogedora y profunda hospitalidad preguntaría con dulzura no exenta de cierta crítica al bullicio: ‘¿de dónde vienen?’
En ese momento, pensó en los huéspedes. Personas al fin y al cabo. Y como personas, saquitos de penas. Ser terapeuta sería ofrecer la posibilidad de descargar esa bolsita de malos recuerdos preguntando: ‘¿cómo estás?’
Se detuvo en seco para contestarse esa pregunta a ella misma:
Estoy de lujo. Piense en lo que piense para mi futuro, siempre soy Consuelito.
