CARI

Foto: Marian Calvo

Caridad era la sanadora más famosa de la provincia. Cada día, se sentaban decenas de personas en el banco de su puerta con todo tipo de males, mataduras y dolores. Ponía remedio a lo posible y un ensalmo a lo imposible.  Ella no veía su poder como algo mágico sino como un simple oficio, un quehacer más de una viuda sola.

Como toda la juventud, su hija había emigrado y vivía con su marido y su niña Cari en un pisito en un barrio de una ciudad próspera e industriosa. No se habían vuelto a ver y no conocía a la niña que llevaba su nombre. Por eso, le sorprendió que la del bar llamara a su puerta para avisarle de que tenía una conferencia, que del auricular brotara la voz de su hija como si nada y que le pidiera que se quedara con Cari aquel verano porque los otros abuelos del otro pueblo no podían hacerse cargo por una operación. La niña, de hecho, ya viajaba en el coche de unos vecinos y llegaría esa misma tarde sobre las cinco.

Caridad tuvo justo el tiempo para poner sábanas en la alcoba de su hija, buscar toallas, vaciar el armario y hacer un arroz con leche. Atendió como pudo a los más dolientes y los demás presenciaron el encuentro de Cari y Caridad.

Cari llegó y vio que su abuela debía de ser famosa, importante y muy rica con tantos pacientes a la puerta. Por su parte, Caridad la miró y la vio tan desvalida que sintió la triste compasión que se suele tener por uno mismo.

Pasó el verano y siguieron sintiendo lo mismo la una por la otra. El último día, y fue el último de verdad, Cari le preguntó con su carita redonda, su sonrisita cerrada y sus ojitos circulares azules y grises con una chispita de ilusión en cada uno:

-Abuela, ¿he heredado tu don?

Caridad que sabía que no, la mintió por pena y le contestó:

-Sí lo tienes.

La sanadora se arrepintió en ese mismo instante cuando vio que las chispitas de la mirada de su nieta se endurecieron y se convirtieron en vidrio. Había obtenido su herencia y se haría rica con ella.

El coche de los vecinos desapareció en la curva y la abuela supo que sus tres palabras traerían la desgracia a la familia porque sólo hay una cosa peor que  usar el poder en beneficio propio y es usarlo sin tenerlo. Eso abre las puertas que no se cierran y deja entrar a quienes sí lo tienen.

El siglo cambió y con él el milenio. Cari se había convertido en una mujer activa, positiva y muy generosa. Se presentaba a sí misma como sanadora y siempre encontraba un modo de ayudar que la beneficiaría. Acogía infancia, enfermos y desvalidos y los reubicaba o mejoraba sus viviendas. Compró el pueblo entero de la abuela que reformó y vendió casa por casa salvo la de Caridad que hizo suya. Sabía convencer con la misma carita sonriente y vendía y compraba con la alegría de construir un mundo mejor. Cada movimiento de Cari traía un poquito más de tiniebla que la cubría como una capa. 

Cari enfermó y no supo frenarlo a tiempo. Todos los males que curó su abuela volvieron por las puertas y entraron en ella.

Hay que tener cuidado con la caridad.

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