
Nati era la mujer más alegre y brillante. Los años no pasaban por ella del mismo modo que por otras que hubieran podido ir amargándose por los sinsabores de la vida. Siempre curiosa,siempre dispuesta a ser un poco más sabia. Una guerrera, una buscadora de la luz. Sus ojos azules se clavaban de frente y miraba al ser profundo que tenía delante sonriendo con sus enigmas. En resumen, era pura positividad
Desde que Nati se jubiló, no desperdició un momento. Por eso, no resultó extraño que se apuntase al taller de atrapasueños organizado en el centro cívico. Ya conocía a la profesora de un taller de macramé y vio a varias compañeras a las que abrazó con sensación de destino, karma, dharma o algo así de bueno. No sabía ella bien.
La profesora les explicó lo referente a este objeto. Una información obtenida de Internet y bien hilada. Manos a la obra. Nati descubrió a los ojibwa y creyó sintonizar con su espíritu.
Fue al mercado y compró muchas perdices que escabechó. Las desplumó con respeto y clasificó cientos de plumas por tamaños ordenándolas en tiras de papel de seda.
Fue a la ferretería y compró un rollo de listoncillo fino de madera de muchos metros, al por mayor.
Fue a la mercería y compró varios ovillos grandes de un hilo grueso de algodón perfecto, eco.
Abrió la caja de las bisuterías donde guardaba collares, pulseras, pendientes de ella, de su madre, regalitos. Decidió deshacerlo todo y clasificó cientos de cuentas en túpers pequeños.
Organizó un taller en toda regla en la mesa de manualidades y se dedicó en exclusiva a confeccionar atrapasueños. Tres tamaños. Hacía unos siete al día, dos mil quinientos al año, veinticinco mil en una década.
La familia de Nati había sido de mucho ganchillo y ella tenía la habilidad de su abuela. Todas tenían un golpe de muñeca, un girito característico, sutil, indescriptible.
Como, en realidad, nunca se ha tomado muy en serio la sabiduría indígena, nadie se cree de verdad el poder de sus artefactos. Hay hasta quienes piensan que son unos indios cargantes o que quieren patentar sus diseños, pero ja.
Ocurrió que el girito familiar de muñeca de Nati invertía el poder de los atrapasueños dispersando pesadillas, ideas delirantes y terrores nocturnos al aire como si fueran ventiladores del miedo.
Nati regaló con la mejor voluntad 25.000 atrapasueños en una década que todavía recorren el mundo colgados en camiones, coches y furgonetas.
