Cuando vio a su ahijada de nueve años con el oro, decidió envenenar a su madre.
Días antes la niña había insistido. Que quería un boleto. Que quería un boleto de dos pesos. Y la madre que no, y la cría que sí. Hasta que el amigo de su madre le dio los dos pesos. Quizá para que se callase, quizá porque el destino se había puesto en marcha.
Aunque muchos compraron diez boletos y más para conseguir el preciado tesoro, la niña lo ganó con el único. Lo mostró al aire como saludando con él y, a cambio. (…)

Que alguien escriba cuentos no le convierte en escritor, como aquel que pinta cuadros en sus ratos libres no creo que espere secretamente que su obra se subaste por millones o acabe en un museo. Solo quiere que se cuelgue en la salita y que lo mire de refilón quien pasa por allí. Eso te ofrezco y esto me das.
Gracias por leer lo que acabo de colgar en Hautatzen.

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